lunes, julio 12, 2010

Viage ilustrado (Pág. 486)

gar, al obispo de Coria, fecha en Madrid, 1413, en que hace una triste pintura de las «muertes, robos, quemas, injurias, asonadas, desafíos, fuerzas, juntamientos de gentes, roturas que cada dia se facen abundantes en diversas partes del reino, é son por nuestros pecados, de tan mala calidad, é tantas en cantidad, que Trogo Pompeo ternia asaz que facer en recontar solamente las acaecidas en un mes.» En muchas de aquellas interesantes cartas se repiten estas mismas quejas, con amplios pormenores sobre los escesos que cometian y el poder que habían usurpado los grandes señores de Castilla, á quienes el mismo autor llama monstruos con fauces de lobo, cuya insolencia y poderío llegó á tal estremo, que ya no se da la voz del soberano, ahogada por las demasías de las instituciones feudales, cuya preponderancia en nuestro pais niegan con tesón algunos escritores optimistas de nuestros dias. Tan urgente y grave era esta calamidad, que dio origen en 1476 á la institución de la Santa Hermandad, como único medio de que en aquellos tiempos podía hecharse mano, para asegurar las vidas y las propiedades de los subditos.
«Siendo tal la situación de España, dice el erudito Vadillo, que aun a principios del siglo XVI subsistía la fiereza antigua, que, si bien algo mitigada, todavía se esplicaba por el preferente imperio de la lanza, que no podia menos de ser obedecido, y que ocasionó grandes sinsabores al rey en sus últimos años; ¿qué pábulo, ni qué elementos podían tener las fábricas y el comercio, que tanto se espantan y huyen y naturalmente deben espantarse y huir del pillage y del merodeo? Careciéndose de protección y hasta de seguridad en las vidas y en las propiedades ¿cómo ha de medrar la parte mas delicada y afanosa de estas, lo que es mas susceptible de robos, de asaltos y destrucción? ¿Pues qué diremos si atendemos al periodo que inmediatamente siguió á la muerte del rey católico, que fué el de la guerra de las comunidades y germanías, á causa de las quejas de los pueblos? Porque los flamencos con su avaricia habían dejado sin oro la España, y con su gobierno pesado y rigoroso tenían oprimida la libertad del reino y quebrantadas las leyes y los fueros, dándose los gobiernos y oficios dé la casa del rey á los estrangeros, y vendiendo Jevres (que á su antojo manejaba al rey) cuanto podia, mercedes, oficios y obispados, de manera que faltábala justicia y sobrábala avaricia, y solo era poderoso el dinero, el oro fino y plata acendrada de las Indias; ¿serian estas las circunstancias en que pudieron crecer esas manufacturas nuestras tan ponderadas y realzadas?»
En efecto, después de la muerte de Fernando el Católico, el impulso que se había dado á la industria en todos sus ramos, durante el reinado de aquel monarca con la inmortal Isabel, aunque no habia producido los portentosos resultados que algunos historiadores refieren, decayó de tal modo, que las cortes de 1594 se esplicaban en estos términos : «En los lugares de obrages donde se solian labrar veinte ó treinta mil arrobas, no se labran hoy seis, y donde había señores de ganados en grandísima cantidad, han disminuido en la misma y mayor proporción, acaeciendo lo mismo en todas las otras cosas del comercio universal y particular. Lo cual hace que no haya ciudad de las principales destos reinos, ni lugar ninguno, de donde no falte notable vecindad, como se echa bien de ver en la muchedumbre de casas que están cerradas y despobladas, y en la baja que han dado los arrendamientos de las pocas que se arriendan y habitan.»
Aunque no estamos en el caso de calificar el influjo que pudo tener en esta lamentable decadencia la política de los reyes católicos, no hay duda que una de sus medidas debió producir un inmenso vacío en la población y en la riqueza del reino. Tal fué la espulsion de los judíos, por cuyo medio salieron del territorio español cerca de 400,000 individuos, aunque no faltan escritores, y entre ellos el erudito Llorente, que calculan en 800,000 las personas espulsadas. Pero en esta materia, no importa tanto el número como la calidad de los que fueron víctimas de tan imprudente medida, porque la población hebrea era á la sazón la que habia monopolizado la industria, el dinero y el crédito de la nación. Asi es, que la España entera se resintió de este golpe dado á su prosperidad, y muchos campos quedaron incultos, muchas fábricas suprimidas, muchos establecimientos cerrados, y muchos grandes señores á quienes aquellos especuladores activos é inteligentes prestaban gruesas sumas, tuvieron que reducir sus gastos, y se vieron condenados á amargas privaciones.
Campomanes asegura que al medio del reinado de Carlos I fué la mayor opulencia y feliz situación esterna de España, que sobre ser dueña de toda la masa efectiva de dinero, tenia las manufacturas y frutos que necesitaba, y aun sobrantes para el estrangero, y que la catástrofe mercantil y agrícola empezó con Felipe II, En otro lugar, asienta que la España no introducía manufacturas de afuera hasta los principios del reinado de Felipe III y fines del de Felipe II, porque todas se fabricaban en el reino. No hay pruebas históricas que justifiquen tan aventurados asertos. Consta que con Carlos vino á España el torrente de flamencos, que inundaron todo el territorio con sus manufacturas; consta que desde la conquista de Sevilla, los estrangeros domiciliados en aquella ciudad, estuvieron haciendo un gran comercio ostensible y disimulado, al que daba todo el impulso que podia apetecer el estanco de la casa de contratación á Indias; consta que, por estos medios, la mayor parle de los tesoros que venian entonces de América pasaban á Flandes y á Genova. El mismo Campomanes confiesa que la abundancia de oro y plata que á los principios venia de Indias, fué la que encareció los precios de los jornales, y hacia escasear los géneros de consumo en lo interior de España, como las Cortes mismas lo afirmaron á Carlos I, viniendo de aquí la preferencia que se daba á las mercancías estrangeras, y el contrabando de Indias, pudiendo vender mas barato el comerciante estrangero que el español. Pero tenemos una autoridad respetable que hace ver el estado de nuestra industria en el período á que nos referimos. En el espediente sobre concordia de la Mesta, se leen estas palabras: «Desde la época de la conquista y población de Granada, descubrimiento de Indias, y empresas de Italia y Flandes, todo el comercio, industria y fábricas de Castilla decayeron precipitadamente, porque aquel, en lo que quedó, se pasó á la Andalucía, tierra fecundísima, y se estancó en uno de sus puertos, y estas, con la falta de manos y subida de jornales, no pudieron sostenerse. La general despoblación y pobreza de las dos Castillas, con escepcion de sus costas, es notoria; viene declamada por los autores, desde los tiempos del señor rey ca—

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