viernes, septiembre 07, 2007

Viage ilustrado (Pág. 61)


torres. Asi, son dos sendas que se cruzan faldeándose paralelamente para ir en sentido contrario al pie de la montaña opuesta. Estas sendas ó caminos están forma­dos con losas de hielo cortadas en el mismo Neva, perfectamente unidas entre si, en estremo llanas.
En el espacio que media entre estas montañas y las barracas se han elevado los columpios de todas clases, mecedores, carros que dan vueltas como los molinos de viento, corridas de sortija, trineos, vagones, navecillas… nada falta absolutamente á la coleccion: el columpio es la diversion y placer nacional, los rusos lo aman hasta el frenesí: estar bien sentado en un carrito suspendido, y durante las evoluciones aereas cascas avellanas, cantando al mismo tiempo las tonadas de su aldea, es para ellos uno de los mas supremos placeres y los mas soñados... se entiende despues del de las montañas de hielo.
Ha terminado la semana de los preparativos: lle—

jueves, septiembre 06, 2007

Viage ilustrado (Pág. 60)

Vednos actualmente próximos al carnaval, á la estrepitosa semana, porque en Rusia dura nada menos el período de esta diversion popular ocho días, ni me­nos ni mas, los ocho dias que preceden ir la cuaresma.
Dejaremos á un lado las reuniones mundanas los bailes de máscara, los dias de chacota como se dice en San Petersburgo, todas las fiestas, que escepto algunos pormenores recuerdan en su conjunto las de Madrid, Italia ó de Viena. Preferiremos detenernos en la semana del carnaval popular para presenciar los regocijos mas especialmente de los moscovitas; son mas moderados, como vamos ir ver, mas no por eso dejan de ser menos vivos y apasionados.


Desde luego detengámonos en la plaza del Almirantazgo: se han apoderado de ella los arquitectos: se toman medidas, se delinean planos, se trazan los contornos de una ciudad en pequeño. Muy pronto se amontonan los materiales: llegan los carpinteros que sin demora emprenden la obra; estos hombres arma­dos con una sola hacha... este maravilloso instrumen­to que puesto en manos del artesano ruso labran la madera de cien maneras, la escuadran, la asierran, la agujerean, la pulimentan y la someten á todas las exigencias de la carpinteria. Sin tardanza se eleva el armazon de la casa, en seguida se pone el tejado; siguen despues las paredes, que es lo mas fácil, porque solo se trata de clavar las tablas. Estas casas, como se vé, son unas barracas; pero presentan en su construccion los mas variados estilos de arquitectura; esta ostenta las ogivas y ornatos de la edad media; a quella ha tomado el corte de los monumentos bizantinos; la de mas allá está entreverada con todos los caprichos y fantasias chinescas; alguna hay que ha pedido sus modelos á la arquitectura del renacimiento, y tambien las hay mas sencillas que se contentan con imi­tar las granjas y cortijos de La Brie ó la Champaña. Todas estas barracas, cualquiera que sea su forma y carácter, tienen su balcon para la farsa burlesca del payaso ó arlequin; porque esta estraña ciudad impro­visada y construida en el corto tiempo de algunos dias, en medio de una plaza pública, reune muy pronto dentro de su recinto á todos los saltimbanquis, jugadores de manos, los que enseñan fieras... ¡qué sé yo! todos los clowns y charlatanes del imperio quo acuden alli para ejercer su industria, escitando la cu­riosidad del pueblo que se aumenta con el continuo ruido del tamboril y los que tragan estopas encendididas.
Delante de estas barracas se elevan las montañas de hielo: consisten estas en dos como torres colocadas una enfrente de la otra á la distancia de 200 á 300 toesas, terminadas por un terrado cubierto, de donde parte un plano inclinado un poco elevado hácia el me­dio, el cual encontrando el piso formado por un án­gulo de 45 grados, continúa marchando horizontal­mente basta el término del espacio que separa las dos

miércoles, septiembre 05, 2007

Viage ilustrado (Pág. 59)

llero guardia: el caballo piafa de impaciencia, y el cochero con los brazos estendidos adelante le hace que sienta las riendas.
Apenas el jóven se ha acomodado en el asiento de su reducido vehículo, cuyo alero de piel de oso está echado atrás, cuando el caballo parte con la velocidad del rayo: el palafrenero se habia adelantado llevando del diestro el caballo de montar: la noche habia sido borrascosa: el viento Norte levantando y arremolinan­do la nieve la habia amontonado caprichosamente y daba un aspecto estraño y desolador a la inmensa plaza del Almirantazgo. Un gran fuego ardia en el fogon circular que está delante de la fachada occidental del palacio de invierno. Muchos cocheros estaban reuni­dos mientras que sus trineos colocados en línea esta­ban parados á algunos pasos mas atrás, habiendo tenido antes cuidado de cubrir con una ancha manta de lana los caballos que desmenuzaban la nieve con sus cascos. Entre esta parte del palacio y el baluarte del Almirantazgo se ha arreglado un espacio cuadrilongo, y una cuerda sostenida con barritas de hierro clava­das en tierra, mide la estension de los costados. Esta esplanada, que en otra parte que no sea San Petersburgo, podria considerarse como muy grande, es el sitio destinado para las revistas, por decirlo asi, parti­culares, que se complace en pasar el emperador du­rante el invierno, ó bien presenciarlas desde el balcon que domina la plaza.
En aquel dia se hallaba reunido en medio de la esplanada el estado mayor imperial, y el bizarro regimiento de los caballeros guardias ocupaba los flan­cos, y las músicas estaban colocadas en parage donde no pudiesen estorbar los movimientos y maniobras de la tropa.
Los generales aguardaban la venida del emperador ó del gran duque Miguel, porque aun no se sabia cuál de los dos vendria á pasar la revista y presenciar las evoluciones. Estos toscos y endurecidos guerreros con bigotes medio encanecidos, y envueltos en sus ca­potones forrados de pieles, estaban conversando con la mayor flema bajo la accion de un frio de 22 grados ba­jo cero, con la misma indiferencia que si sus pies descansasen sobre las mullidas alfombras de sus templados salones.
Por su parte, el jóven teniente estaba en conversacion con algunos oficiales, aguardando el momento de montar á caballo: solo los soldados montados en los su­yos y formados en línea permanecian inmóviles como estátuas. En este momento un ayuda de campo vino á prevenir al gefe de estado mayor que el emperador no asistiria á la partida, pero que lo sustituiria el gran duque.
Todavía no habia pasado un cuarto de hora, cuan­do otro ayudante vino galopando para anunciar la llegada del príncipe: inmediatamente se dió la órden de montar á caballo, y en un minuto generales y ofi­ciales ocupaban sus puestos respectivos.
Luego que el gran duque Miguel desembocó en la plaza del castillo, salió á su encuentro el estado ma­yor corriendo á galope, y la música del regimiento tocó una marcha estrepitosa y guerrera, del maestro de capilla Antonio Doenfeldt, uno de los mas hábiles compositores militares de Rusia.
Principiaron las evoluciones, que fueron brillan­tes como siempre: aquellos arrogantes caballos, que el que menos ha costado 12,000 reales, negros como el ébano, humeantes, abiertas las narices, y la espuma helada en canelones pendiente del bocado de freno, obedecian á la mano de sus ginetes con una regularidad, una precision y uniformídad de movi­mientos que los viejos generales del estado mayor im­perial quedaban maravillados. De repente, en el mo­mento en que un escuadron se destacaba de la línea de batalla para ir á gran galope á colocarse en otro plinto, un caballo á quien no pudo llegar á contener toda la destreza de su dueño, salió de las filas, y en su desbocada carrera estuvo en poco que no se arrojase sobre el gran duque, que gracias á una precipitada media vuelta evitó el choque.
Sin embargo, el caballero logró dominar al bruto dando saltos y cubierto de espuma. Era este un soberbio caballo padre sacado hacia poco de las yeguacerías del conde Orloff, y sin disputa el mas hermoso de todo el regimiento. El ojo penetrante del hermano del emperador conoció desde luego al malhadado caballero; era el conde Dmitri: se despachó inmediatamente á un ayudante de campo: el jóven teniente sa­lió de las filas y se presentó al gran duque.
—Conde Dmitni, le dijo con tono severo su alteza imperial, ¿en qué estábais pensando para déjaros ava­sallar de tal modo por vuestro caballo, vos que sois uno de los mejores ginetes de la guardia?... esta torpeza merece veinte y cuatro horas de arresto.
—Monseñor, contestó el jóven ruborizado, juro á V. A. I. que el frio solo es la causa de esta desgracia; mi caballo es de una esquisita sensibilidad, y me ha cogido desprevenido.
—Este es un agravio que le haceis, y sin duda teneis otra disculpa que dar. ¿Me habeis oido? Veinte y cuatro horas de arresto en vuestro palacio, marchad.
No habia réplica; Dmitri conocia bien la ordenan­za: volvió, pues, á su puesto silenciosamente, mas no sin un despecho violento.
Era, en efecto, uno de los mejores ginetes de la guardia; pero el recuerdo de Maria Pawlowna habia absorbido de tal modo sus sentidos, que por un momento habia abandonado las riendas de su caballo, que demasiado sensible, como habia dicho al gran du­que, y espoleado por un golpe de nieve violento, lo habia arrebatado repentinamente.
Viendo el rigor de la temperatura el gran duque, mandó abreviar las maniobras: los generales estaban colocados á su alrededor, y el regimiento, con su gefe á la cabeza (1), desfiló por delante del hermano del soberano. A medida que se presentaba cada pelo­ton;—Gracias, hermanos mios, les gritaba el gran du­que.—Dichosos nosotros de poder contestará V. A. I. respondian en coro los soldados con una rápida melo­pea (declamacion en música de los antiguos), cuya entonacion nos seria imposible describir.
Despues del desfile, los oficiales abandonaron los caballos á sus dentchiks y montaron en sus trineos. Lo mismo hicieron todos los miembros del estado mayor: únicamente el gran duque marchó en coche.
En cuanto al conde Dmitri, al dia siguiente de su arresto se presentó á éste último, á quien declaró la verdadera causa de su desgracia de la víspera, y le pidió permiso para casarse con María Pawlowna.
—Mas á mí me parece, le dijo riéndose S. A. I., que en este negocio mi permiso debe ser el último.
—Por eso mismo, monseñor, es por lo que tengo el honor de demandároslo.

(1) Un general de division manda siempre al regi­miento de la guardia.

martes, septiembre 04, 2007

Viage ilustrado (Pág. 58)

soberbio trineo tirado por un arrogante caballo. Dmitri, me ha dicho su cochero.
—¡0h! nombre encantador, dijo la hija del general dando una palmada con sus hermosas manos.
—¡Hola! dijo la nodriza, ese es el jóven rubio, arrogante y agraciado que hemos visto en el plomo... y que vais á ver, hija mia, en el espejo de Navidad; vamos, es la hora fija, todo está listo, María Pawlowna.
—Animo, y vuestro prometido se os aparecerá tal como yo acabo de deciros.
—¡Oh ¡ ahora tengo miedo, dijo la jóven arrimándose á su nodriza.
—¿Miedo de ver la figura de vuestro prometido en un espejo? Vamos, habeis perdido el juicio; puede temerse ver estas cosas? Yo tenia un año menos que vos cuando vi á mi pobre Wasili—Ocipouvitch (Basilio, hijo de José), y os aseguro que no tuve el menor temor.
Estas palabras calmaron un poco á la hija del general.
—Vamos, nodriza, dijo ésta, yo procuraré no tener miedo, vedme pronta.
—Apartáos vosotras, añadió la nodriza dirigiéndose á las criadas, se os llamará cuando se os necesite.
El aposento de María estaba colgado de blanco y amueblado con rica y elegante sencillez.
En esta salita virginal habia puesta una pequeña mesa cuadrada cubierta con un mantel riquísimo con dos cubiertos, como si hubiesen de venir dos convidados á sentarse á ella. Dos antorchas de blanquísima cera iluminaban á esta misteriosa mesa, y entre los dos estaba colocado un espejito de tocador con marco de plata; en este era donde debía aparecerse la imágen evocada del prometido de la jovencita.
Luego que ésta se encontró sola en el silencioso aposento, cuya puerta había cerrado la nodriza al retirarse, y luego que vió aquella mesa, aquellos dos cubiertos, las dos bujías y aquel misterioso espejo, se apoderó de su ánimo un terror irresistible y quiso huir; pero flaquearon sus rodillas, le faltaron las fuerzas y cayó casi sin sentido sobre una silla.
Reanimada algun tanto, paseo su azorada vista en torno suyo, volvióla despues hácia la mesa fijándola en el temido espejo; pero solo vió su hechicero rostro reflejado en el cristal, y sin embargo se estremeció todavía. En este momento se dejó oir el ruido de un carruage que entraba en el patio de la casa, y este movimiento reanimó el valor de la jóven, que se sonrió mofándose de su temor.
De repente se pone en pie como impulsada por un movimiento eléctrico, sus pupilas se dilatan de un modo espantoso, y un temblor doloroso agita todos sus miembros: en el fondo del espejo fatídico, acababa de presentarse á su vista una figura humana que no era la suya. Por de pronto no pudo formar una exacta idea de lo que vela, mas luego, la aparicion se delineó completamente: no habia la menor duda; lo que se reflejaba en el fondo del espejo era el semblante de un. militar...; no vió nada mas, porque dando un grito de horror cayó desmayada sobre la alfombra…
El general B. se precipita hácia su hija, la levanta, y le hace respirar sales. He querido sorprenderte anunciándote una noticia que te agradará, he entrado callandito y de puntitas… ¿comprendes ahora?
—¿Y qué noticia es esa? preguntó la curiosa.
—S. M. te ha nombrado dama de honor de la emperatriz.
La jóven dió saltos de alegría.
Dejemos ahora las fiestas de Navidad, y hénos ya en la de la Epifanía, que es puramente religiosa, y célebre en Rusia por la pública y solemne bendicion de las aguas. Sobre los hielos del Neva, frente al palacio imperial, se ha construido una elegante capilla, abierta a los cuatro vientos: á las diez de la mañana llega procesionalmente el alto clero, el emperador rodeado de sus grandes dignatarios, la emperatriz con sus damas de honor, toda la córte con el cuerpo diplomático asisten á esta ceremonia que no dura menos de dos horas, y con arreglo á la mas rigurosa etiqueta, todos están sin sus pellizas: apresurémonos á añadir que este despojo no se verifica sin haber tomado antes las mas prudentes precauciones, para precaverse de las fluxiones de pecho que pueden sobrevenir. Aquí puede advertirse que la rigidez del clima ruso se une perfectamente en San Petersburgo, con los hábitos de la vida y costumbres de sus habitantes: esto se inferirá mas todavía de los cuadros que nos resta por bosquejar.
Hemos visto poco antes un veloz trineo pasar á media noche la víspera de Navidad, por delante de la casa del general B, y la camarera de su hija Maria parada en medio de la calle, preguntar al cochero el nombre de su amo: luego un instante despues á la hermosa María Pawlowna ruborizarse súbitamente al oir el nombre de Dmitri. Es que este nombre le recordaba á cierto jóven caballero guardia que en los bailes nunca dejaba de escogerla por pareja suya en la mazurka.
Ahora bien, en Rusia esta especie de elecciones cuando se repiten son siempre muy significativas, y esto es lo que no ignoraba la jovencita: sabia ademas que su padre tenía en mucha estima á este bizarro oficial, al que ella como hija bien educada no podía menos de dedicarle un pensamiento al menos de amistad. Desde la víspera de Navidad este pensamiento se ha hecho mas intenso en el pecho de María Pawlowna, ¡pero con cuánta turbacion y desasoiego hubiese ido acompañado, si la niña hubiese sabido que el nombre anunciado por la camarera no era otro que su acostumbrada pareja de mazurka, el jóven y brillante conde Dmitri Rastaiff, teniente de los caballeros guardias del lujosísimo regimiento de la emperatriz.
Nosotros vamos ahora á introducirnos sin mas ceremonia en el gabinete del conde Dmitri. Ocupado enteramente su corazon y pensamiento con la imágen de la bella Maria B; se alinda como de costumbre en la mañana de una revista de invierno: media hora le basta para estar corriente. Vedlo ya vestido con su estrecho pantalon de ante blanco como el armiño, resaltando mas y mas sobre el negro de sus charoladas botas que suben hasta un tercio del muslo: con su blanca casaquilla de paño finísimo, cuyos faldones tocan apenas sus caderas, y se ocultan bajo una ancha coraza de oro bruñido, cubierta su cabeza con un casco del mismo metal, coronado con una águila de dos cabezas estendidas las alas. Esta apostura guerrera da cierto carácter caballeresco de fantástica y juvenil bizarría de un efecto sorprendente. Fuma de prisa una larga pipa turca, bebe una taza de café, y despues su ayuda de cámara le presenta el sable, en seguida los guantes, mientras que un dentchik tiene prevenida la capa forrada de castor para ponérsela sobre los hombros.
Un trineo espera á la puerta del palacio al caba—

lunes, septiembre 03, 2007

Viage ilustrado (Pág. 57)

—Maria Pawlowna (María, hija de Pablo), dijo la doncella, todo está preparado, y la nodriza pregunta si puede venir.
—Vé á decir que la estoy aguardando, querida Acolina; es bien estraño, añadió poco despues ruborizandose: el corazon me late como si fuese á hacer una cosa mala:
—Y sin embargo, no hay nada que no sea muy inocente.
En la aldea de donde he venido á serviros no hay una sola jóven que no consulte el plomo derretido la víspera de Navidad, y que no procure saber despues el nombre de su prometido... ver despues en el espejo misterioso este mismo prometido.
— ¿Y tú, Acolina, has visto al tuyo?
—Yo, Maria Pawlowna, me he contentado con sa­ber su nombre: se llama Fedor, se ha visto en el plomo derretido que era dentchik (lacayo militar), de elevada estatura y moreno.
—Pero este es el retrato de Fedor, el dentchik de mi padre, observó la hija del general.
La doncella se sonrojó, y para disimular su confusion preguntó á su señora si podia ir á llamar á la nodriza.
—Vé, mí Acolinita, vé.
Al cabo de algunos minutos se presentaba la no­driza en trage nacional, apretada la cabeza con un estrecho pañuelo de seda, el casaquin ribeteado con pieles blancas y la saya de paño encarnado. Las cria­das de la jóven, tan curiosas como su señora, seguían á la nodriza. Una de ellas traía una vasija de agua fría, en la que debia echarse el metal fundido. Se hizo la operacion: el plomo liquidado en un brasero encendido fué precipitado dentro del agua rechinante, y volviendo á su estado sólido presentó las formas mas estrañas, mas variadas, y si decirse puede, las mas imposibles. La nodriza sacó de la vasija la masa me­tálica asi desfigurada, y se puso á esplicar sus diferentes configuraciones y accidentes, y despues de ob­servados con un aire de conviccion é inaudita grave­dad y aplomo, refirió una larga historia de afecto que la jóven escuchaba conmovida y sobresaltada.


Entre tanto la manecilla de la péndola iba á se­ñalar la media noche. Acolina se precipitó fuera del gabinete, atravesó corriendo las demas salas, bajó volando la escalera y en un momento se halló en la puerta principal que iluminaba un farol: la calle es­taba desierta y silenciosa; apenas se oia á lo lejos el ruido de algun carruage amortiguado por la nieve. La jóven doncella fija la vista en la profundidad del es­pacio prestaba atento oído con la mayor ansiedad, de repente su rostro centellea de gozo: acaba de oir el trote de un caballo que se aproximaba rápidamente: era un trineo en el que se veia un oficial, cuyo casco con águila de oro deslumbró muy pronto la vista de Acolina; ésta se habia puesto en medio de la calle á riesgo de ser atropellada por el trineo. Afortunada­mente el conductor la habia percibido, y contuvo la marcha del caballo.
— ¿El nombre de vuestro amo? gritó la camarera.
— Dmitri, respondió el cochero sin mostrarse admirado, y aflojando las riendas al caballo continuó su rápida marcha. La jóven subió muy alegre, y fué á ponerse al lado de su señora.
— Dmitri, esclamó al entrar en el gabinete.
María se ruborizó al oir este nombre...
— ¿Dmitri? balbuceó.
—Si, María Pawlowna, un hermoso oficial en un

domingo, septiembre 02, 2007

Viage ilustrado (Pág. 56)


la poblacion; apenas se ve algun trineo deslizarse rá­pidamente y desaparecer en la oscuridad. Unicamente en las esquinas de las boca—calles, debajo de un farol envuelto en un circulo de densa niebla que escurre la humedad, el boutochuik (1) hace su solitaria centine­la, echando de cuarto en cuarto de hora el fatídico ¿quién vive?
Nosotros vamos á trasladarnos al cuartel de Wladimiro: no lejos de la iglesia de ese nombre se encuen­tra una larga y solitaria calle que hace poco tiempo la formaban casas viejas de madera, cuya construccion remontaba hasta la fundacion del mismo San Petersburgo, pero que en el dia está embellecida con gran­des palacios de ladrillo, y adornadas sus fachadas con balcones y miradores á estilo de Venecia, que le da cierto aire de suntuosidad y coquetería. No obstante, conforme va internándose en la calle comienzan á presentarse de nuevo los vetustos edificios, de poca elevacion y cercados con un jardinillo en el que crecen abedules llorones, cuyas flexibles ramas juguetean y azotan el tejado: nos hallamos en frente de una de es­tas casas: la claridad y resplandor que sale por sus ventanas anuncian que se ha celebrado alguna funcion. Es la morada del general B. Despues del árbol de Navidad ha celebrado un sarao de confianza al que, sin embargo, no ha asistido aquel, porque en calidad de ayudante de campo del emperador, debia presentarse aquella noche en la córte. Los convidados se han ido retirando poco á poco y no tarde, y ya el último carruage ha hecho crugir la congelada nieve. Puesto que están todavía en pie sus habitantes, entremos den­tro del palacio.
He aqui un precioso gabinetito en el que vela una jóven, sepultada, por decirlo asi, en los almohadones de una elástica y honda butaca, que se apoya con­tra un compacto monton de flores exoticas de esquisito aroma. Está amueblado y adornado con la profusion de lujo que los ricos moscovitas gustan desplegar en el interior de sus habitaciones, aun á riesgo algunas veces de perjudicar lo que exige el buen gusto. Están ya apagadas las bujías de la chimenea; pero del techo está pendiente una lámpara de alabastro, que esparce por la sala una dulce claridad que ilumina los objetos de un modo indeciso y fascinador.
La encantadora jóven cuenta apenas diez y siete años: es rubia; pero de ese rubio intenso que da realce á la fisonomía, y dulcificándola, la da cierta espresion particular. Su abundante y sedosa cabellera denota una plenitud de vida que hechiza la vista: sus cejas, admirablemente arqueadas, sus ojos de un bri­llo y viveza singular, su boca un poco grande, em­pero de una frescura maravillosa y que deja ver por momentos una doble fila de menudos dientes blancos y acerados como los de la ardilla; este conjunto for­ma una fisonomía llena de animacion, de gracia y de chocante travesura.
Una morena camarista en actitud sumisa está en pie delante de ella: tiene ésta fija la vista en un pe­queño reló de oro esmaltado, orleado de perlas finas, pendiente de su cintura con una rica cadena del mismo metal.

(1) Agente de policía armado con una vieja alabarda, está de centinela y vigila á la parte delantera de una garita ó casilla de madera llamada boutka; dentro de ésta hay otros dos de prevencion esperando su turno para entrar de faccion.

sábado, septiembre 01, 2007

Viage ilustrado (Pág. 55)

cesivamente delante de todas las tiendas, camina el vendedor de té con su fuente envuelta en un gran pa­ño para que conserve el calor; los rusos son muy afi­cionados al té, y jamás le beben en taza, sino en vaso.
Es muy raro que el mercader del Gostinoï—dvor, gaste mas de once cuartos para su alimento de todo un dia, sin que por esto se imponga una privacion, pues el ruso es naturalmente muy sobrio. Puede afirmarse sin exageracion, que la falange de los obreros empleados en los grandes trabajos de la corona (tra­bajos públicos), se alimentan á la manera de aquellos que elevaron en otro tiempo las grandes tumbas de los Faraones. Un cohombro fresco con sal y un pedazo de pan de centeno y unos cuantos tragos de kwas, licor hecho con pan de centeno fermentado constituye su alimento ordinario durante toda la buena estacion. En el invierno el cohombro está salado; añadamos á lo dicho que estos hombres son vigorosos, robustos y que tienen una dentadura admirable.
En otra época las tiendas del bazar ruso eran húmedas y sombrias. Sus puertas de hierro, siempre abiertas, quedan espuestas á todo el rigor del aire esterior. Poco á poco han ido penetrando alli la elegancia y comodidad modernas; aun cuando la trastienda está adornada con lujo y ofrece comodidad al merca­der, no por eso deja éste de estar de centinela en la parte de afuera para provocar al transeunte.
El estrangero se admira al oir estas invitaciones tan multiplicadas; y durante las cuales su oido no percibe mas que una série de silbidos que figurarian bien la pronunciacion fuertemente acentuada de la le­tra s, repitiéndose hasta lo infinito.
Quise algunas veces obtener la esplicacion de esta pronunciacion ornitológica, y me dijeron lo siguiente:
La letra s es en ruso un signo, una espresion abre­viada de política; ocupa el lugar de soudar (señor); de la cual es una construccion; soudar para el mas­culino y soudarina para el femenino. Por eso gospodin’s equivale á gospodin soudar, caballero señor.
La civilizacion moderna, decimos, ha comenzado á penetrar en el Gostinoï—dvor, y cada dia que pasa destruye algun rasgo de su carácter nacional.
¡Cosa notable! No es el verano con sus brisas sua­ves, sus flores, sus límpidas aguas, su sol brillante, sus noches sin sombra, sus conciertos, sus paseos caspestres: no es esta magnífica estacion la que afecciona particularmente al pueblo de San Petersburgo; ve llegar el verano sin encanto alguno, y puede decirse que mas bien le entristece que goza con él. Esto se concibe: su estacion natural es el invierno con sus hielos, con su escarcha, con su nieve universal. Aquella nieve le ofrece tambien caminos abiertos por todas partes, y las distancias desaparecen; el ruso las atraviesa sobre su ligera narria con una increible rapidez. El invierno es para él la estacion de los caminos, segun su lenguaje pintoresco é imaginado.
Por eso San Petersburgo llega á ser durante esta estacion el punto de reunion de todos los mercaderes que acuden allí de setenta á ochenta leguas á la redonda.
El mercado de la Sennoï presenta un aspecto bas­tante original durante la primera quincena que prece­de á las tiestas de Navidid, las que el pueblo celebra en Rusia por una larga série de comidas en familia, donde preside una abundancia enteramente primitiva.
La vasta plaza de Sennoi se divide en anchos de­partamentos que armonizan con los diferentes comestibles que alli se ponen á la venta pública. Desde por la mañana, en medio de una multitud que se apiña, que se empuja y ondula como las olas del mar, el dueño del hotel, el de las grandes casas y el humilde cocinero del parador mas modesto llegan alli para ha­cer su provision de Navidad. Durante la compra y venta de estos comestibles se presencian en este parage las escenas mas graciosas al lado de las mas estravagantes que constituyen la alegría de los curiosos, que mientras dura esta semana convierten la Sennoï en verdadero paseo
En este tiempo es cuando el pueblo se encuentra mas animado; se abren las tabernas para no cerrarse ni de dia ni de noche, y los moujiks (campesinos) se guarecen liberalmente del escesivo frio por medio de repetidas libaciones alcohólicas. El aguardiente nacio­nal es su bebida favorita, su néctar, su Leteo; no hay males, no hay sentimientos que no disipe esta be­bida fermentada que proporciona al momento la em­briaguez.
Pocos se escapan de ella; pero es preciso decir de paso que la embriaguez de los rusos es completamente inofensiva. La exaltacion que produce se manifiesta al principio por medio de alegres cantares, y no tarda en trasformarse en una verdadera efusion de ternura. Uno de estos hombres trastornado con los pavores del alcohol, conversaba un dia dando vaivenes con el pilar de una esquina, al cual abrazaba y le decía su consuelo, su alma querida, su corazon y su paloma.
Pero llega la víspera de Navidad, y el frío es seco y penetrante; un movimiento inusitado se observa en todos los barrios de la ciudad. Anuncia una gran fes­tividad. Las narrias han dejado de conducir vituallas para cargarse de pequeños conos de pino. Son los árboles de Navidad, muy apreciados de los niños; las narrias deben aquella misma noche iluminarse con bu­jías, llenarse de juguetes y de distintas clases de re­galos segun la posicion y el rango, y sobre todo, la fortuna de las familias. En todas partes donde hay ni­ños, lo mismo en las casas mas opulentas que en las mas pobres, se levanta un árbol de Navidad. Esta cos­tumbre, procedente de Alemania, se ha hecho mas popular en Rusia, y hoy forma parte de sus mas ínti­mas costumbres.
He aqui el momento de la fiesta. El árbol aparece lleno de luces. En sus ramas se ven suspendidas una infinidad de frutas secas, y debajo de sus ramas están colocados los regalos para los niños. Muchas veces en las casas pudientes una lotería termina el sarao; esta lotería se compone de regalos numerados que se des­tinan á los concurrentes, entre los cuales se distribu­yen, cuya generosidad cuesta algunas veces de 10 á 15,000 rublos.
Ocioso es manifestar la alegria y la algazara de los niños al aspecto de este árbol brillante y generoso que les ofrece tantas cosas á la vez. Ahora describiremos á nuestros lectores una escena poco conocida y no menos inocente y cándida; ella revela uno de los ras­gos de la antigua supersticion eslava.
En las lóbregas noches del invierno las calles de San Petersburgo son poco transitadas, y durante el frio rigoroso puede decirse que están absolutamente desiertas, en especial las mas apartadas del centro de

viernes, agosto 31, 2007

Viage ilustrado (Pág. 54)

Yo recorrí un dia el barrio de los tártaros con un amigo; andábamos por la línea de las batas, articulo cuyo monopolio se han reservado los antiguos vencidos de Casan. Mí compañero, aturdido con las provoca­ciones de un viejo mercader calmuco, entró en su tienda. Pusieron á su vista una montaña de batas; es cogió una pequeña de seda cruda de Persia perfectamente imitada en Moscou.
—¿Cuánto vale esta bata? dijo al tártaro.
Entonces éste se puso á elogiar su mercancía.
—Sois un perfecto conocedor, á fé mía; de todas estas batas habeis escogido la mejor, la mas rica y la mas e1egante. Tres príncipes me han comprado las compañeras, y ayer mismo tres generales han querido comprar esta.
—¿Es posible? pero yo os pregunto el precio de ella, repitió mi compañero.
—Señor, yo os juro á fé de tártaro que os durará toda la vida; la tela es fuerte y bien tejida...
—¿Otra vez? el precio.
—Vos me creereis cuando os diga que S. E. el go­bernador de Voroneja me ha mandado hacer media docena de esta misma clase.
—Y yo quiero saber el precio de esta.
—Al momento, señor; solamente debo antes haceros observar que no encontrareis en ninguna de las tiendas de mis cofrades una bata que venga como esta directamente de Erzeroum; miradla despacio; mirad qué tejido, qué paño, qué flexibilidad, y despues que colores, que brillo.
—Corriente, no me opongo; pero tener la bondad de decirme ¿cuánto quereis por ella?
—Lo diré, señor; pero cumple á mi deber deciros ademas, que un ayudante de campo del emperador...
Mi compañero exasperado quiso salir.
—Escuchad, señor; si esta tela fuése una imitacion hecha en Moscou...
—¿Otra vez?
—Pudiera daros la bata por noventa rublos; pero de seda de Erzeroum no sería bien pagada con doscientos rublos; pero, sin embargo, haré un sacrificio y os la daré por ciento cincuenta rublos.
—¿Estais loco? dijo al momento el comprador, decid mas bien que no quereis venderla.
Y se dispuso á salir.
—Vamos, no os enfadeis, alto señor noble; ciento cincuenta rublos es lo que vale, y es lo que ha paga­do por una igual el gobernador de Tamboff.
Yo creí que era el de Yoroneja.
—¿Dije el de Voroneja? Si, es verdad; el goberna­dor de Voronaja que tomó la compañera; pues bien, él ha pagado ciento cincuenta rublos, y vos la llevareis en ciento veinte y cinco.
—Vamos, dejadme salir.., con tanta mas razon añadió señalándome, cuanto que el señor se impacienta.
—Esperad, dijo el mercader apoderándose de la bata, aquí la teneis por cien rublos, y no hablemos mas del asunto.
—Os ruego que me dejeis salir: no quiero repetirlo.
—¿Cuánto da vuestra escelencia?
—Yo no pongo precio despues de una peticion tan estravagante.
—¡Qué severo sois, señor! ¿Si yo os la diera por se­tenta y cinco rublos?
—Bajad mas.
—¿Mas todavía? dijo el tártaro afectando un ademan de admiracion. Pues bien, os la doy por cincuen­ta rublos; pero ni un copec menos.
Miré á mi compañero que permanecia impasible.
—¿Quereis por ella veinte rublos? dijo al mercader que comenzó á dar gritos.
—¡Veinte rublos! mi noble señor ¡veinte rublos! Sin duda quereis divertiros conmigo ¡veinte rublos! Ni con el doble seria bien pagada… ¡Veinte rublos por una bata que el gobernador de Nijui...
—¿Ahora es el gobernador de Nijui?
—De Nijui ó de Sirnbirsk, me trastornais... Vos ha­beis dicho treinta rublos, dadme cuarenta y asunto concluido.
—He dicho veinte, y no perdamos tiempo.
Esta vez salimos de la tienda; no habíamos anda­do diez pasos por la galería cuando el tártaro nos alcanzó.
—Escelencia, dijo con ademan humilde, tomadla; bueno es hacer un sacrificio, pero este es enorme; con otras dos ventas de esta clase me arruino.
—He pagado el doble de su valor, me dijo al oído mi compañero.
Mientras que los lujosos carruages al otro lado de la perspectiva, á la puerta de los almacenes estrangeros, y las princesas moscovitas seguidas de sus laca­yos, hacen desplegar los ricos géneros de Francia é Inglaterra, modestas narrias se estacionan delante de la galería de Gostinoï—dvor, donde las mugeres de los empleados, las jóvenes de la clase media, compran objetos de moda procedentes de las manufacturas de Moscou, y por consecuencia á un precio proporcionado á la medianía de su fortuna.
Aquel tambien es un punto de reunion para las jó­venes de la misma clase que pasean por debajo de las bóvedas para espiar una mirada ó cambiar un signo burlando a atencion de una madre, para hacer de es­te modo el prefacio de una novela que tiene al fin el desenlace de todas las novelas clásicas.
Un personage importante que no es posibie dejar pasar en silencio al describir el Gostinoï—dvor, es el restaurador ambulante del lugar. Como los mercade­res no pueden hacer preparar sus alimentos en el inte­rior del bazar, donde está severamente prohibido en­cender lumbre (1), y como no pueden abandonar su comercio para buscar alimentos en sus casas, tienen necesidad de haberse á las manos una cocina siempre dispuesta para su comida durante el dia. Esto es lo que le ofrece con abundancia el suministrador á que nos referimos,
Vestido con una especie de camisa de piel de carnero, ceñida á la cadera por un cinturon de cue­ro, y cubierta la cabeza con un gorro rodeado de pie­les, circula por la galería cargado con una especie de caja, donde lleva huevos duros, y unas peces fritos parecidos á nuestras sardinas, que llaman siguis: tambien lleva queso de diferentes clases, y unos pas­telillos conocidos allí bajo el nombre genérico de piro­guis. Tambien lleva dentro de la caja boulkis que son unos panecillos redondos muy blancos y de un esquisito sabor.
Detrás de este abastecedor, que va parándose su—

(1) En 1752, el Gostinoï—dvor, entonces de madera y situado en el primer canal, fué completamente devorado por las llamas. La emperatriz Isabel le hizo reconstruir tal como existe actualmente, es decir, de piedra y con bóvedas para anular el incendio todo lo posible. Sin em­bargo, para alejar la sombra del peligro, se decretó no se admitiese luz ni fuego en la parte interior de dicho edificio.

jueves, agosto 30, 2007

Viage ilustrado (Pág. 53)

predileccion, porque le agradaba sobremanera: el cé­lebre Vernet le divertia por sus maneras graciosas, y por lo bien que ejecutaba sus papeles.
Cierto dia se paseaba el czar por la perspectiva de Newsky. La multitud se alineaba en dos filas á su tránsito y le saludaba como de costumbre Su magestad apercibió á Vernet que se alineaba como los demas, y se dirigió desde luego á él. Era un honor del cual estuvieron muchos celosos, y que desconcertó estraordinariamente al modesto actor.
—¿Os veré esta noche, Vernet? le preguntó el em­perador.
—Si, señor; yo tendré el honor de representar delante de vuestra magestad le Pere de la Debutante.
—Me place, porque estais muy bien en esa pieza y os aplaudiré con gusto.
—Vuestra magestad es muy indulgente.
El emperador le dirigió otras cuantas palabras li­songeras y continuó su camino.
Pero un nadziratel (oficial de policía) había sido testigo de la conversacion, y despues que el empera­dor se hubo alejado, se aproximé al artista y le dijo:
—Vos habeis hablado con el emperador, caballero, y es menester que me sigais.
—¡Cómo! repuso el artista escusándose, á quien el oficial civil no comprendia. Es su magestad la que ha querido hacerme el honor de aproximarse a mí...
—¿Qué dice? dijo el de la policía dirigiéndose á un curioso que juzgó debia comprender el francés.
—Dice que es el emperador quien se ha acercado á él.
—¡A él!...Vamos, vamos... seguidme, caballero, y que yo no lo repita.
—Yo si que os repito que no soy culpable, sino el emperador. Soy Vernet actor del Teatro Francés; el emperador me conoce.
Lo que el oficial de policía comprendia mejor que nada, era que el actor se resistia. Y cogiendo de pron­to á Vernet por el brazo, le dijo que si no quería seguirle por bien llamaria á un compañero y le llevarian por fuerza.
El artista no tuvo mas remedio que ceder; el oficial de policía le condujo al puesto mas cercano, donde le encerró.
Llegó la noche, y poco despues la hora del teatro. Vernet: no se presentaba. Fueron á buscarle á su casa y dijeron que no se había presentado desde que salió de ella por la mañana, y el director de escena se vió precisado á variar la funcion.
El emperador vino á ocupar su palco como se lo habia prometido al actor, y le disgustó no ver repre­sentar le Pere de la Debutante, y se asombró viendo que Vernet no tomaba parte en las piezas que se eje­cutaban.
Quiso saber la causa y se dirigió al director, el cual le anunció la desaparicion del artista. Como no­tase el descontento del soberano:
—Señor, se apresuró á decirle, no he sabido nada hasta el momento de irse á levantar el telon; pero he dado órden para que Vernet sea buscado sin tar­danza.
El emperador quedó un rato pensativo mas de pronto se dió una palmada en la frente:
—Yo soy la causa de este mal, dijo. Esta mañana encontré á Vernet y le hablé un momento... El pobre estará preso. Pronto, que le pongan en libertad.
Un cuarto de hora despues Vernet estaba libre y entraba en el palco del emperador, quien le habia mandado llamar.
—Siento mucho, le dijo el emperador sonriendo, lo que os ha sucedido por mi causa. Olvidadlo, yo os lo ruego, y ved si os puedo servir en alguna cosa. Vea­mos lo que me teneis que pedir.
— Pues que vuestra magestad quiere concederme una gracia, respondió el artista, suplico que en ade­lante no me hagais el honor de acercaros á mí cuan­do yo os encuentre en la calle.


El emperador se sonrió y despidió afectuosamente a Vernet, quien no tuvo motivos para quejarse del contratiempo.
En la perspectiva de Newsky se encuentra el gran bazar ó Gostinoï-dvor ruso, vasto mercado asiático que hace recordar involuntariamente el de Bagdad ó el de Basora. Es un inmenso edificio de forma cua­drada, que contiene un patio y almacenes interiores no menos estensos. Sus cuatro fachadas están circuidas de una galería abovedada, baja y pesada. El bazar está dividido por líneas ó compartimientos, consagra­dos á las diversas especialidades de mercancías; aquí se venden paños, alli porcelanas, allá novedades, ta­pices, armas, papel, etc. Todos estos objetos proce­den generalmente de las manufacturas nacionales; tambien se venden allí á precios muy inferiores los mismos objetos importados de Occidente, lo que no impide al mercader ruso juraros que su mercancía es estrangera, y pedir por ella el triple de su valor.
Cada mercader está de pie delante de su tienda; un dependiente está á su lado, y estos dos hombres, envueltos en pieles de pies á cabeza, dirigen á los transeuntes las mas seductoras provocaciones:
—Dignaos comprarme este paño inglés, sedas de Lyon, cintas de París, guantes de Suecia, pañuelos de la India, etc.
Hemos dicho que todos los objetos vendidos en Gostinoï—dvor son productos indígenas, y por lo tanto los mercaderes no sabrian engañar a nadie.

miércoles, agosto 29, 2007

Viage ilustrado (Pág. 52)


gorros tártatos guarnecidos con la cebelina, condu­cen estos coches con una gravedad y una destreza es­tremadas. Un jóven postillon, vestido como los cocheros, niño de diez y ocho años, monta uno de los primeros caballos, con su caftan ceñido en derredor de sus piernas, semejante á un pantalon turco.
La perspectiva de Newsky es un escelente observatorio para examinar los tipos y las costumbres de Rusia; popes (sacerdotes), campesinos de todas las provincias, mercaderes tártaros, judíos, etc., uniformes militares, circasianos de la guardia imperial, etc.
Al través de todo esto, las angostas narrias pasan y se deslizan tiradas por cuadrúpedos de una maravillosa velocidad. Muchas veces suele distinguirse en­tre estos carruages un coche elegante de dos ruedas, con adornos azules, tirado por cuatro caballos, con dos lacayos en la trasera puestos de pie en trage de cosacos. Este coche, que lleva las armas de Rusia, pertenece á la emperatriz. Detrás camina una narria de una construccion muy sencilla, que vuela sobre la nieve, tirada por un vigoroso caballo negro; un mili­tar de elevada estatura va sentado en el centro de este vehículo; á pesar de la modesta capa en que va envuelto, por su actitud grave y magestuosa, revela al punto que es el emperador. Lo mismo que la em­peratriz, sale de el palacio Annitshkoff para trasladarse al palacio de invierno. Algunas veces detiene su narria y se confunde con los demas paseantes de la calle. Al verle, los oficiales y todos los grandes se paran para saludarle militarmente, á cuyo saludo cor­responde el emperador con política y grave benevo­lencia.
El emperador Nicolás se complace en pasearse so­lo y á pie en las calles de su capital. La perspectiva Newsky y el malecon Inglés son sus dos paseos favoritos; pero está prohibido á los transeuntes pararle ó presentarle memoriales con peticiones de ninguna clase; la medida es general, y añadiremos que es muy necesaria, pues de otro modo el emperador no podria dar un paso sin ser detenido á cada instante con este género de peticiones. Diremos en seguida lo que su­cedió sobre el partícular hace algunos años; la relacion nos fué trasmitida por el héroe mismo de la anécdota.
El emperador frecuenta con gusto el Teatro Fran­cés, y puede decirse que el de San Petersburgo jus­tifica bajo todas consideraciones esta preferencia. En­tre los actores, habia uno á quien el czar miraba con

martes, agosto 28, 2007

Viage ilustrado (Pág. 51)

ra, y despues de haber circulado al través de su mag­nifico parque, entraremos en la isla de Krestofpki, la mas grandes de todas, y propiedad de los principes Belochevisky. Es el punto de reunion favorito de los obreros alemanes y de los mercaderes rusos. Los primeros acuden alli á poblar las fondas, donde comen, fuman y beben al son de una ruidosa banda de músi­ca militar, y los otros se establecen alli tambien sobre la yerba de las márgenes del rio, ó bajo los árboles del interior de la isla. En ciertos dias del estío, los tártaros establecidos en el pais vienen á situarse bajo los álamos de la parte septentrional á celebrar una de sus fiestas.
Mas allá de estas islas, al otro lado del Neva, al Norte grandes aldeas animan las riberas del rio.
Los habitantes de estas residencias campestres pueden gozar de una fiesta llena de originalidad. Nos referimos á la fiesta del heno.
Muchos centenares de segadores y segadoras procedentes de las aldeas inmediatas, se esparcen por las vastas praderas. Los trabajos comienzan desde por la mañana con una grande actividad, en medio de los cantos populares. Cuando llega la noche, hombres y mugeres se reunen para la comida comun, despues de lo cual dos ó tres de los primeros cogen la bailaika, especie de guitarra rusa de origen tártaro, mien­tras que una jóven y un robusto jóven se lanzan en mitad del gran círculo que acaba de formarse, y bai­lan su danza original y graciosa.
Los rusos se complacen en esta clase de festejos, y no hay recoleccion que no tenga los suyos especiales.
La bella estacion es rápida en San Petersburgo, y pasa mas pronto que en otra parte.
Aquel que no haya visitado la moderna capital de los czares sino durante la buena estacion, no habrá contemplado á esta graciosa ciudad bajo el punto de vista mas pintoresco y bajo su fisonomía mas original. Con efecto, este maravilloso conjunto de una magní­fica capital, creada, por decirlo así, en un abrir y cerrar de ojos, puede sorprender la imaginacion y cautivar la vista; pero al admirarla, se emplea mucho tiempo en descubrir en ella aquella originalidad de fisonomía moscovita, que desearíamos descubrir desde un principio en una metrópoli rusa. Tengamos pacien­cia. El invierno se acerca y borrará lo que existe de europeo en la ciudad de Pedro el Grande, para impri­mirle aquel sello eminentemente nacional, que podria entonces disputar á la antigüedad la misma Moscou.
La trasformacion es completa. La ciudad risueña y caprichosa, tan deliciosamente pintoresca en las márgenes de su rio, ha desaparecido para presentar en lugar suyo una ciudad septentrional, fria, pálida y silenciosa. Envuélvela un manto de nieve, el río se solidifica, y no presenta ya mas que una superficie helada, surcada acá y allá por rápidas narrias; algunas, procedentes de Laponia, van tiradas por renos.
Con frecuencia un cielo nebuloso y aplomado cu­bre la ciudad muda; otras veces el sol resplandece como en los mejores dias; pero sus rayos, descom­puestos por la condensacion del aire, se rompen so­bre las doradas cúpulas de las iglesias, que se ven brillar en el espacio con una luz rojiza y siniestra, semejante á aquellos globos alumbrados en lo alto de las torres, que anuncian durante la noche algun in­cendio á los consternados habitantes (1).
La nieve endurecida resiste las ruedas de los carruages, que producen un sonido metálico y vibrante. Por otra parte, su espesor debilita en las calles el rui­do de los vehículos, que se deslizan y pasan con rapidez como por encanto. Los pedáneos, envueltos en espesas pieles, transitan igualmente silenciosos, y co­mo si desearan llegar pronto al parage donde se encaminan. No se ven mercaderes ambulantes como en la buena estacion, llevando sus mercancías sobre la cabeza, y anunciando con gritos lo que venden; ni aun perros; en una palabra, nada que venga á turbar el silencio de la gran ciudad, á la cual creeríamos dormida como cierta ciudad de un cuento árabe, sin otro movimiento que el que aparece durante la corta duracion del dia, el que por otro lado presenta una estraordinaria actividad (2). En ciertas calles, en la de Newsky, por ejemplo, está el movimiento aristo­crático; en otros puntos, tales como la plaza de la Sennoï y las calles adyacentes, el movimiento es enteramente popular. La perspectiva de Newsky (3) es una inmensa calle con anchas aceras, que presenta un aspecto perfectamente uniforme y pintoresco; pero en esta estacion desaparece toda su belleza bajo una pro­funda capa de nieve, por donde transitan continuamente una infinidad de magníficos carruages. Esta calle, que comienza por la plaza del Almirantazgo, está cortada por los tres canales concéntricos, de los cuajes hemos hablado ya: la Moika, el canal de Cata­lina y la Fontanka. El paseo de invierno se estiende entre el primero y el segundo de estos canales, que se pasan sobre anchos puentes de granito y de hierro de un trabajo hábil y atrevido. El último, el de la Fontanka, que se llama puente de Annitshkoff, cercano al palacio de este nombre, se distingue por cuatro ca­ballos de bronce, obra admirable del baron Clot. Es­tos caballos corren sobre su base elevada; sus piernas traseras, tinas y nerviosas, se plegan, y sus pies de­lanteros cortan el aire, y sus narices abiertas dejan escapar el humo ó el vapor de su agitado aliento.
Este puente sirve de límite al paseo aristocrático. La calle continúa siendo ancha y llena de magníficos hoteles; pero no tarda en perder su carácter para to­mar el de los populosos barrios en que termina.
Es preciso ver la perspectiva de Newsky en un hermoso día de invierno; entonces que el cielo es pu­ro, el aire seco y la nieve brillante. Sobre la parte septentrional de este sitio se apiña una multitud compacta de elegantes paseantes; hermosas señoras ador­nadas con lujo, y ciñendo trages de colores preciosos y variados; las ricas pieles, el terciopelo, los cache­mires de las Indias, flotan y besan la nieve. La ma­yor parte de los hombres son militares; dan el brazo á las señoras, y pasean juntos con aspecto mesurado y marcial. Los lacayos con brillantes libreas siguen á sus amos, al paso que los coches y narrias caminan despacio por en medio de la calle, ó esperan estacio­nados en un parage indicado.
El centro de la calle no está menos animado. Sun­tuosos carruages tirados por cuatro caballos hacen crugir la nieve al contacto de las ruedas. Los coche­ros con su larga barba, sus ropones de paño ceñidos á la cadera por un cinturon de seda ó de oro, y sus

(1) En todos los barrios de San Petersburgo , donde reside la policía se eleva una torre, en lo alto de la cual, globos de fuego anuncian los incendios durante la noche.
(2) Durante los meses de diciembre enero no hay en Sao Petersburgo mas de cinco ó seis horas de dia.
(3) Las calles tiradas á cordel se llaman perspectivas.

lunes, agosto 27, 2007

Viage ilustrado (Pág. 50)

alabado su valor, le preguntó lo que podia hacer por él para serle agradable.
—Vuestra magestad, respondió el capitan; ya me ha dado por dos veces señales inequívocas de su gratitud; solamente temo que dándome últimamente una espada de honor, hubiese V. M. olvidado que ya habia recibido otra de su benevolencia, y es muy difícil servirse de dos espadas á un tiempo.
—No señor, yo no lo habia olvidado; pero veo que se han descuidado en esplicaros mi intencion. Lo haré yo misma: os he enviado dos espadas, caballero, para que vos las hagais colocar en vuestro escudo, lo que os mando hacer desde hoy. Esto será para vuestros descendientes un recuerdo de vuestra brillante conducta.
Es inútil añadir, que al dia siguiente el valiente oficial recibió la cruz de San Vladimiro tan deseada.
El grande y magnífico palacio de invierno del Eremitorio que ya hemos descrito, llegó á ser presa de un incendio en el invierno de 1837, en el mes de diciembre, en el cual se esperimentaba un frio muy rigoroso. El fuego se declaró á las diez de la noche. A los gritos que resonaron en todas las calles de la ciudad de: ¡el palacio de invierno arde! el terror se propagó por todas partes. En un momento la multitud llenó la inmensa plaza y llegaron los bomberos. Las llamas salian á un mismo tiempo por todos los balcones superiores, cuyos cristales habian estallado, y formaban una siniestra corona en la frente del edificio. Las estátuas que dominan el friso parecía que se animaban con el movimiento de las llamas.
El emperador en persona dírigia los trabajos que se hacian para apagar el incendio. Todos los habitantes de la inmensa residencia sorprendidos por el fuego pudieron salvarse. Una de las damas estaba detenida en su lecho acosada de fuertes dolores; pero la emperatriz declaró que no dejaria el palacio hasta que la enferma estuviera en lugar seguro.
El techo de la sala de los Mariscales se desplomó en el momento en que algunos soldados se esforzaban en quitar la magnifica araña que adornaba el recinto Varios fueron heridos, y el emperador mandó al instante dejaran quemar el palacio con todo lo que encerraba antes que esponer á la muerte un solo hombre.
Abandonado á si mismo el incendio, tomó proporciones gigantescas. La llama envolvió todos los pisos á un mismo tiempo. El pueblo asistía á este espectáculo, cuando al otro lado de la llama, una columna de humo, alumbrada bien pronto por una viva claridad, demostró á la consternada multitud que un nuevo incendio acababa de estallar en Wassili—Ostroff.
Por una costumbre que data desde Pedro el Grande, los soberanos rusos deben recorrer todos los parages donde se ha declarado el incendio. Como gefes de la gran familia, deben dar ejemplo. Sin embargo, en esta circunstancia, el gran duque heredero creyó deber rogar al emperador que le permitiera reemplazarle, y pasar en lugar suyo al sitio donde el incendio acababa de indicarse.
EJ emperador le respondió:
—No, yo soy quien debo acudir alli; tú quédate aqui; si nuestra casa arde, tenemos medios para edificar otra; pero no hay seguridad de que los propietarios de alli abajo puedan hacer otro tanto.
Y separando un gran número de bombas que rodeaban su palacio, las envió á Wassili—Ostroff; y montando en su carroza fué precediendo á todos á los lugares siniestros, donde pasó la noche entera.
El palacio de invierno estuvo ardiendo durante el periodo de ocho dias, y todo se convirtió en cenizas escepto los muros esteriores. Pues bien, dos años mas tarde, salia de sus cenizas mas suntuoso que antes, y esta vez a prueba de bomba.
Vamos á atravesar el puente de Troïsk, que tiene una estension de mas de trescientas cincuenta toesas, y posee unos treinta y tres pontones unidos entre sí por medio de cables y cadenas considerables.
Hemos procurado desde luego dar una idea general del aspecto de San Petersburgo, considerado desde el Neva á la altura del malecon Inglés; no será de menos interés que nos detengamos un instante aquí para ver su panorama en el parage opuesto, es decir, en medio del puente de Troïsk.
Nunca hemos visto cosa mas admirable que este cuadro en una hermosa tarde de junio. Figarémonos un inmenso bósforo, reflejando en la trasparencia de su superficie, unida á un cielo suavemente alumbrado con las tintas mas caprichosas, á la hora en que los cielos de Occidente están sumergidos en las tinieblas. Hay en la atmósfera un no se qué de voluptuosidad, que presenta todos los objetos á la vez sin confundirlos. Sigamos con la vista el curso del rio en el Occidente; á la derecha está la fortaleza presa por las olas, donde se eleva una larga aguja, en la que vienen á perderse de cien maneras los últimos rayos del sol poniente; á la izquierda se ve una línea de palacios terminada por el palacio imperial y los edificios del almirantazgo, cuya flecha tiene encima un navío de oro, presente de la fastuosa ciudad de Hamburgo. De frente se ve el rio dividido en dos anchas corrientes, para abrazar la Bolsa con sus pórticos y sus dos inmensas columnas, faros clásicos que se tomarian mirados desde lejos por dos enormes centinelas que la guardan. A la derecha de la Bolsa hay una confusion de mástiles con sus mil pabellones, que desplegan en los aires los colores y las armas de todas las naciones; imagínese despues una infinidad de embarcaciones que se deslizan en todos sentidos sobre la superficie del Neva, dejando detrás un surco plateado. Tambien veremos en primer término grandes navíos inmóviles con sus prolongadas vergas negras elevadas en los aires, animado todo con el movimiento de una gran ciudad, cuya noche no tiene sombras, y tendremos una idea, aunque imperfecta y pálida, del cuadro que describimos.
Las islas forman parte de la ciudad, porque están enclavadas en su vasta circunferencia. Pasamos el pequeño rio de Parfolka, y nos encontramos en la isla de los Boticarios, llamada asi por el jardín botánico que fundó alli Pedro I. Bonitas casas italianas medio ocultas entre las flores adornan este camino, que acaba en un punto elevado sobre el Pequeño Neva, tres veces mas ancho que el Guadalquivir en Sevilla. Desde esta altura se domina la bella ciudad de Laval, enteramente perfumada de naranjos, como si se elevase sobre la bahía de Nápoles, cuyas límpidas aguas riegan la vegetacion No distante de alli está la casa de campo del conde Nesselrode, el célebre diplomático que hace poco pronosticó los destinos tumultuosos de la Europa, en cuyos asuntos toma hace cuarenta años una parte tan activa.
No nos detendremos en Yelaquina, la isla de la emperatriz; pasemos por delante del palacio que la deco-

domingo, agosto 26, 2007

Viage ilustrado (Pág. 49)

liondi, hombres buenos), que no nos hicieron daño, al contrario.
Esta última palabra nos pareció muy cándida.
El palacio de invierno, habitacion ordinaria de los soberanos de Rusia, no data mas que desde 1754. Nada es antiguo en San Petersburgo. Fué mandado hacer por la emperatriz Isabel al conde de Rastrelli, uno de los mas hábiles arquitectos italianos del siglo XVIII. En 1762 ya estaba terminado. Es un edificio que forma un pralelógramo de sesenta y cinco toesas de estension por una latitud de cincuenta. Se prolonga sobre el Neva y mira á la fortaleza que se estiende sobre la ribera opuesta, sombría y muda, en­frente do la ciudad animada y brillante (1).
El primer piso del palacio de invierno está consagrado á las ceremonias de la córte, á los festejos y á los dias de gala. Se llega á él por una ancha escalera de mármol destinada á los embajadores y á los digna­tarios del imperio los dias de gran recepcion; pero tambien por esta escalera, todos los años, es admitido el pueblo en esta suntuosa residencia para asistir en ella el 1º de enero, al sarao que le da el emperador, pues el emperador es el gefe el padre de la gran fa­milia moscovita, y sencillamente recibe á sus hijos en su casa lo menos una vez al año.
Pues bien, la noche del 1º de enero se ilumina el palacio con todas sus arañas, se adorna magníficamen­te, y bien pronto nobles, plebeyos, mercaderes y pro­letarios, soldados y paisanos penetran juntos en el palacio. Se convida á la poblacion entera; y la pobla­cion entera no falta. Mas de 60,000 individuos penetran esa noche en la residencia imperial, donde el soberano, de gran uniforme, acompañado de su córte en tragé oficial, discurre por entre el oleage de esta multitud curiosa y benévola. Se detiene delante de los grupos y habla con los mas humildes de los hijos del pueblo, que le responden y le tutean (2). El czar comprende que en él reside toda la fuerza de este pueblo, del cual él es el poderoso delegado.


Se han referido muchas anécdotas, relatívas al tacto y á la delicadeza de la emperatriz Catalina en ciertas circunstancias. He aqui un rasgo que hemos oido referir al príncipe Alejandro Gallitzin, que habia sido page de esta princesa.
Esto era durante la guerra que dió el Quersoneso Táurico á la Rusia. Un valiente capitan que deseaba con vehemencia la cruz de San Vladimiro, habiéndose distinguido en el sitio de Ochsakoff, no recibió mas que una espada de honor por recompensa. No quedó contento; pero redoblando su valor el mismo oficial, no tardó en distinguirse de nuevo, y esta vez fué pro­puesto para la indicada condecoracion. Fuese por error de las oficinas, fuese por otra causa cualquiera, le dieron otra espada de honor. Llegó al calmo su despecho, y habiendo terminado la guerra, vino á San Petersburgo y solicitó una audiencia de la emperatriz, la cual le recibió con bondad, y despues de haber

(1) Se vé en su recinto la casa de Pedro el Grande, y las tumbas de los soberanos rusos que contienen las bó­vedas de la iglesia. Está tambien en la forta1eza el tesoro y la casa de moneda.
(2) El campesino ruso tutea siempre al soberano.

sábado, agosto 25, 2007

Viage ilustrado (Pág. 48)


La plaza de la Sennoï, situada en el centro de la ciudad, es una de las mas populosas. Está circuida de bazares, de fondas, de tabernas y de tiendas ambu­lantes, que sostienen alli un perpétuo vaiven. Los mougiks (los campesinos) acuden aqui en gran número. Ahora bien, durante el verano de 1.831, el mismo año de la guerra de Polonia, el cólera invadia cruelmente á San Petcrsburgo, y el pueblo, diezmado por este invisible azote, cuya causa se ignoraba, desalen­tado y desesperado, empezó a gritar: envenenamiento. Primero acusaron de este crimen á los médicos alemanes y despues á los polacos; la irritacion llegó á su colmo. Reunido el pueblo en la plaza que acabamos de mencionar, blandia el hacha, esta arma terrible que lleva siempre el campesino colgada de su cintura. Los aires repetian los ecos de muerte, y el terror se difundió por toda la ciudad.
El emperador tiene conocimiento de esta fermentacion, monta en su carruage, y llega como el rayo á la plaza donde estaba el pueblo amotinado. Desciende al instante del carruage, súbese sobre el pilar de una iglesia y desde alli, dominando con su alta estatura al aterrado pueblo:
― ¿Qué es esto? esclama con una voz acentuada por la emocion ¿no sois ya vosotros los hijos de la santa y piadosa Rusia?... ¿os rebelais contra el cielo? ¡Hermanos volved en vosotros! Dios es el que nos castiga; arrodillémonos, y reguémosle con fervor para que detenga el rayo que desola nuestra patria.
Y diciendo y haciendo, el emperador se inclinó, y en el mismo instante, á su ejemplo, se prosternó todo el pueblo.
La plaza del Senado confina con la del Almiran­tazgo, de la cual forma realmente parte. Sigamos por el fresco barrio y por el verdoso recinto de tilos que rodean los edificios de la marina, y dejando á la de­recha la hermosa iglesia de San Isaac con su cápula gigantesca, sus cuatro frontones de bronce y sus co­lumnas de pórfiro, lleguemos á la plaza del Palacio,
que se une á la del Almirantazgo como la primera. Estamos en presencia de la columna Alejandrina. Al ver esta inmensa columna de granito y de bronce, toda de una pieza, delante de la residencia del czar, se diria que era un recuerdo colosal de la época de los Titanes. Todos los monumentos rusos tienen pro­porciones gigantescas.
Este fué inaugurado en el mes de agosto de 18 en presencia de 100,000 soldados, entre los cuales fueron llamados todos los veteranos de 1812, 1813 y l8l4.
El día de esta solemne inauguracion fué un her­moso dia para el pais, pero muy triste para los france­ses, cuyo destino los habia impulsado a esta tierra le­jana, pues les recordaba las derrotas de su patria.
Sin embargo, los rusos no se enorgullecen con este triunfo, y el gran capitan vencido no ha dejado de ser para ellos el objeto de una constante admiracion. La imágen de Napoleon adorna todas sus residencias; se la vé en los mas suntuosos hoteles, como en las mas humildes casas de los campesinos. No hay un hijo de las campiñas moscotivas á quien no sea familiar el nombre de Napoleon. El recuerdo de los franceses de 1812 ha quedado sin rencor en la memoria de este escelente pueblo.
—¿Qué significa la palabra kamerad? nos pregun­taba un día un mercader que la casualidad nos había dado por compañero en el camino de Moscou.
—¿Quereis decir camarada sin duda?
—Si señor, camarada es su significacion.
Dejamos satisfecha su pregunta
—¿Por qué nos haceis esa pregunta?...
—Porque en 1812 los soldados franceses, alojados en casa de mi padre, me ponían sobre sus rodillas (yo entonces era un niño) y me llamaban su jóven camarade.
—¿Qué recuerdos teneis de estos franceses? ¿Tuvieron vuestros padres motivos para quejarse?
.—¡Oh, no señor! eran buenos compañeros (dobri

viernes, agosto 24, 2007

Viage ilustrado (Pág. 47)

Neva y las primeras habitaciones que anuncian la capital de los czares. Apenas se han observado los techos y las altas chimeneas de algunas fábricas escalonadas á lo largo de la ribera, encontramos el ancho y her­moso rio bordado de palacios y monumentos. A la izquierda se ve una isla, Wassili—Ostroff, donde debia elevarse primeramente Petersburgo, y que hoy no for­ma, de ella mas que una seccion; es el barrio del co­mercio. Por eso aquellas casas tan blancas y capricho­sas pertenecen á negociantes. Mas lejos está la Aca­demia de Bellas artes, cuyo edificio es muy puro y enteramente clásico; mas lejos todavía, cerca de un obelisco de mármol gris está el Cuerpo de los cadetes del ejército, vasta institucion militar debida á la emperatriz Catalina II. En seguida se ve el estenso edi­ficio de la Universidad, que encerraba en otro tiempo toda la admnistracion rusa (los doce colegios); el de la Academia de las Ciencias, y últimamente el de la Bolsa, situado al estremo de la isla y enfrente de la fortaleza. Es uno de los mejores edificios de San Petersburgo. Se creeria ver un hermoso templo griego, cuyas cuarenta columnas adornan el recinto.
Sobre el lado opuesto, el que mira á Wassili—Ostroff, se presenta el malecon inglés con la larga linea de sus elegantes hoteles, los pretiles de granito que encajonan el rio, y sus anchas baldosas, siempre limpias y regadas de arena como para la celebracion de alguna fiesta. Entre estos hoteles, todos decorados de balcones como los de los palacios venecianos, se eleva el frontin griego y la columna corintia del museo Roumiatzoff, cuyas hojas de acanto encierran, una inmensa colonia de palomas, volátiles muy respetados del pueblo ruso. El malecon confina con el palacio del Senado, cercano al cual se halla la bella residencia de la condesa de Laval, obra maestra de arquitectura moderna y que fué mucho tiempo una de las casas mas hospitalarias de San Petersburgo, donde la hospitalidad es tan comun.
Pero el paquebot se ha detenido delante de uno de los numerosos desembarcaderos del malecon. Bajemos al embaldosado y sigamos por él hasta llegar á la plaza del Senado. Estamos delante del palacio de este gran cuerpo judicial de Rusia, que es tambien casi el primer cuerpo político despues del consejo del imperio. El senado fué fundado en 1711 por Pedro el Grande, que fundó tantas cosas. El palacio senatorial corres­ponde por su grandeza y la severidad de su arquitectura á su elevado y grave destino. A sus lados y en la misma línea se estiende el palacio del Sinodo. Los dos edificios, unidos por medio de un arco, forman uno de los lados de la plaza donde se eleva la estátua ecuestre de Pedro el Grande.
En una hermosa tarde de verano, cuando el sol poniente, siempre espléndido en estas altas latitudes, incendia el horizonte, entonces es cuando debe admi­rarse esta estátua gigantesca. Pero si en este momento descendemos la vista y contemplamos la silenciosa plaza que la estátua domina, nos entristecemos involuntariamente, pensando que alli mismo la obra regeneradora del grande hombre estuvo á punto de pe­recer.
Era el 14 de diciembre de 1825. Despues de mucho tiempo de tranquilidad, algunas jóvenes imagina­ones exaltadas soñaron hacer una revolucion en su patria. Habiase formado una sociedad secretas en la que los jóvenes mas acalorados elaboraban locamente una nueva organizacion social para la Rusia. Varios enanos habian imaginado demoler la obra gigante. La muerte del emperador Alejandro y la renuncia al tro­no del gran duque Constantino en favor de su herma­no el gran duque Nicolás les parceió una ocasion favorable para su intento. La mayor parte de los cons­piradores formaba parte de la guardia, y por consecuencia no les fué muy dificil seducir algunos regi­mientos, que sin comprenderlos, consintieron en formarse en batalla en la plaza del Senado, en presencia de aquella misma estátua cuyo estendido brazo no podia á la sazon espresar mas que una amenaza terrible. Los soldados, fieles á la leccion que habian aprendido, gritaban viva la Constitucion, creyendo que gri­taban viva Constantina (1), es decir, la muger del gran duque Constantino, heredera directa del empe­rador difunto.
Los proyectos de los conjurados eran funestos. Se trataba nada menos que de comenzar por apoderarse de la familia imperial, á la que hubieran hecho desapa­recer despues de haber establecido un gobierno pro­visional. ¡Pobre Rusia si la Providencia hubiera per­mitido el éxito de semejante complot! Habian olvida­do en su ceguedad, que aquel que representaba la imágen de bronce que veian alli, habia sofocado en otro tiempo revoluciones mas peligrosas; habian olvi­dado que los terribles strelitz, aquellos pretores del Norte, habian sido destruidos por su mano poderosa, y que aquel á quien atacaban tan locamente tenia el alma tan templada como la de su abuelo.
Cuando se supo lo que pasaba, el emperador sale de su palacio, y seguido de un corto número de oficiales de superior graduacion, se encamina al sitio de la revolucion, no muy distante del palacio. Se pre­senta tranquilo y con la frente erguida en presencia de los insurgentes. Los soldados, intimidados con tan inesperada aparicion, la cual no entraba en el progra­ma de los revoltosos, se callan un momento, pero no retroceden. Uno de los gefes del complot se adelanta con una pistola en la mano, y la descarga contra uno de los ayudantes de campo del emperador. El conde Milosadowitch cayó mortalmente herido al lado del so­berano. El emperador entonces se adelanta, y su voz grave y severa hace palidecer á los revolucionarios, que se obstinan, no obstante, en guardar su posicion. En este momento llegó trotando el fiel regimiento de Apraxin, que cargó vigorosamente; siguió despues la artillería, y antes que terminara el día estaba sofoca­da la revolucion, y sus gefes pasados á cuchillo.
El emperador Nicolás está dotado de una energía de carácter, de un espíritu de resolucion dignos de su elevado poder. Su alma está templada á la antigua, y si podemos espresarnos asi, fundida en bronce como ha estátua de su abuelo. A sus ojos los derechos del soberano no son mas que un correctivo riguroso de los deberes que los acompañan; y si sostiene los primeros, no escasea los segundos.
Acabamos de ver á este príncipe en presencia de la conmocion militar del 14 de diciembre. Héle aqui seis años despues en presencia de otra conmocion, la mas peligrosa, porque acaba de nacer espontánea­mente en el seno del pueblo, ciego por la ignorancia y las preocupaciones (en julio de 1831).

(1) La palabra Constitucion, no teniendo equivalente en ruso, no era comprendida de los soldados, que pro­nunciándola mal, la tomaban naturalmente por el nombre de Constantino, femenizado segun el uso ruso.

jueves, agosto 23, 2007

Viage ilustrado (Pág. 46)

es bastante activo, y la vegetacion asoma entonces con tanta prontitud como en Suecia y Noruega.
Un viagero francés que ha visitado la Rusia en es­tos ultimos tiempos, ha hecho sobre San Pelersburgo observaciones muy curiosas, en vista de las cuales ha compuesto un libro, el que tenemos presente para aña­dir lo que apuntamos respecto á la indicada capital de San Petersburgo. He aqui como se espresa.
«Una gran maravilla, creada en el siglo último y á la cual cada dia añade, si asi puede decirse, una nueva maravilla, es sin disputa la ciudad de San Pcters­burgo. Esta magnífiica ciudad, poco conocida todavía á pesar de la facilidad de las comunicaciones moder­nas, puede ser considerada como la mas completa manifestacion del genio moscovita; lleva impresa en todos sus edificios aquella fuerza de voluntad, aquel espíritu de persistencia inherente á la nacion rusa, cualidades que no sirven solamente para fundar capitales, sino ademas para asentar las bases de los gran­des poderes.
»Cuando en un dia de verano, el viagero, dejan­do las aguas del golfo de Finlandia, se encuentra de repente trasladado al seno de la magnífica ciudad de Pedro el Grande, no puede menos de quedar sorpren­dido á la vista del cuadro que se presenta á sus ojos.
»El Neva no es, en efecto, un rio comun. Ancho co­mo un bósforo de agua dulce de superficie trasparen­te, corre fecundo reflejando en su límpido espejo una doble hilera de elegantes palacios, de suntuosos edi­ficios, de monumentos de bronce, de oro, de pórfiro, de mármol, de granito, sembrados profusamente en sus riberas.
»La ciudad aparece, pues, á los ojos del maravi­llado viagero, sin ninguna de aquellas vulgares tran­siciones que preparan la aproximacíon de las grandes ciudades. Se creería al verla tan fresca y rozagante sobre las márgenes de su ancho rio, que ha sido crea­da por mano encantada de alguna hada. Vista desde el punto que acabamos de indicar, San Petersburgo no presenta mas que maravillas monumentales. La casa mas pequeña es un hotel; el hotel mas pequeño es un palacio, y los palacios pueden ser considerados como templos.
»Ciertamente, al aspecto de este imponente y ma­ravilloso cuadro, de este rio surcado en todos sentidos por los pirocafos, á la vista de aquellos puentes que se doblegan bajo la perpétua rotacion de los carruages; á la vista de aquel panorama animado, pintoresco y magnífico, ciertamente, el viagero admirado, está le­jos de pensar que en los mismos lugares no se hubiesen distinguido, hace menos de 150 años, mas que vastos pantanos cubiertos de malezas y atravesados por un rio solitario, cuyo curso, continuamente obstruido por las yerbas y la arena que contenía, repartía sus aguas por entre los matorrales de su ribera, donde sostenia una porcion de pútridos miasmas. Era un de­sierto húmedo y mal sano, hasta que el invierno venia á convertirle en un desierto de hielo.
»Este desierto pertenecía á la Suecia: era menester vencerla para arrasarle; era preciso en seguida ven­cer el desierto, es decir, desecarle, consolidar el ter­reno, horadar los bosques, purificar los aires, crear, si asi puede decirse, un suelo donde pudiera asentarse una ciudad, y una atmófera donde pudiese respirar un pueblo (1). Era un milagro lo que había que hacer; y
se llevó á efecto por la voluntad de un hombre, pero de un hombre que mandaba una nacion disciplinada.
»No será fuera de propósito observar aquí, que te­nemos con respecto á la Rusia opiniones demasiado obsolutas y un tanto erróneas; Voltaire las ha tenido tambien; él nos ha hecho considerar la fundacion de San Petersburgo como la del primer príncipe mosco­vita que ha tenido la idea de introducir en Rusia la civilizacion occidental. Es un error. Citando Pedro I acometió la empresa de dar á la Rusia la civilizacion de los pueblos europeos, no hizo mas que obedecer el pensamiento de Juan III, de Juan IV, de Boris Godounoff, y sobre todo de su padre, el czar Alejo; pe­ro dotado de un genio que no habían tenido ninguno de aquellos príncipes, puso la civilizacion , digámoslo asi, á la órden del dia, y la decretó por un ukase. Añadamos qué la fuerza de las circunstancias impulsaba á la Rusia en las vias occidentales. ¿Qué podía haber entre sus inquietos vecinos de Oeste, y sus bár­baros vecinos de Oriente y del Mediodía, sino volverse hácia la Europa para pedir á sus instituciones la fuerza de defenderse y la fuerza de atacar? Pedro I lo comprendió perfectamente, y por eso atendió primero á las instituciones militares.
»Se acordó que los rusos habian en otro tiempo poseido la Ingria, testigo de la gran victoria del prín­cipe Novogorod en las márgenes del Neva.
»El czar, que queria abrir una ventana al Occidente como él decía, juzgó que la estremidad del golfo de Finlandia, en la embocadura del Neva, era el lugar conveniente á sus designios. Pero el Neva y el golfo estaban en poder de los suecos. «Sé que ellos le ganarán primero, dijo con aquella conciencia del hom­bre superior que no abandona nada á la casualidad; pero á fuerza de batirnos nos enseñaran á vencerlos.»
»En 1703, la Ingria y el curso entero del Neva pertenecían á los rusos.
»El Neva, á algunos kilómetros de su embocadura, se divide en distintos brazos, todos anchos y profundos, formando de este modo muchas islas, entonces estanques y cenagales, y hoy uno de los mas encantadores adornos de San Petersburgo. Esta disposicion topográfica hirió la mente de Pedro el Grande. Designó, para edificar alli una fortaleza, un islote maravillosamente situado entre el rio que le rodeaba por un lado, y un pantano impracticable que le guardaba por otro. Esta fortaleza debia proteger la ciudad, que en su pensamiento habia evitado se fundase en sus ri­beras. Esta era la ventana que él quería abrir á la Europa.
»Procuremos, dar á conocer algunas partes de San Petersburgo, escogitando por cada una de ellas uno de los dos aspectos opuestos, bajo los cuales conviene examinar esta capital: el aspecto del verano y el as­pecto del invierno.
Hemos supuesto al viagero llegando por el Neva, y penetrando del primer salto en el centro de la ciudad, sobre uno de aquellos rápidos paquebots que ar­riban alli todos los días de todos los puertos de Euro­pa. En este mismo punto de vista vamos á colocarnos:
En primer lugar no se espenimenta ninguna transicion entre las costas arboladas del golfo, entre la bahía arenosa donde llegan á perderse las aguas del


(1) En 1614 una enfermedad contagiosa, producida por los miasmas pestilenciales que salian de los pantanos de la Ingria, atacó á la guarnicion de una fortaleza sue­ca (Sautzev—Nya), que guardaba esta provincia. Solo dos soldados fueron los que se salvaron.

miércoles, agosto 22, 2007

Viage ilustrado (Pág. 45)

ber aumentado nada á su vestido de invierno, muy bien imaginado á la verdad para semejante estacion. Su gran cuidado es poner en abrigo las estremidades; por lo cual se forran esmeradamente sus piernas, manos y cabeza. Su trage superior consiste en una piel de carnero cuya lana llevan para dentro, y la cual se ciñen al cuerpo por medio de un cinturon, pero el cuello lo llevan desnudo, y el pecho no lo cubre sino una mala camisa Es verdad que estás partes se hallan resguardadas por sus barbas, que por esta razon son muy útiles en este pais. Lo que me causó grande sorpresa fué ver que durante un frio tan grande, las mugeres lavasen lino en el Neva ó en los canales. Abrian la nieve á hachazos metiendo el lino en los agujeros con sus mismas manos desnudas, y mientras daban golpes, volvia á formarse encima nueva nieve, de manera que continuamente tenian que estarle rompiendo. Las hay que lavan dos horas sin cesar, en época en que el termómetro señala 60 grados, lo cual prueba hasta lo evidente que nuestros cuerpos pueden llegar á costumbrarse á todo.
»Sucede algunas veces que los cocheros y los domésticos, esperando á sus amos, mueren helados, mas para prevenir en cuanto sea posible estos tristes accidentes, se encienden grandes hogueras, con árboles enteros, en el patio de la casa, y en las principales plazas públicas. Las llamas que resultan de los árboles amontonados se levanta por encima de los tejados de las casas, y esparcen hasta muy lejos una gran claridad. Era un espectáculo muy agradable para mi ver el pintoresco grupo de rusos con su trage asiático, sus largas barbas, y reunidos en torno del fuego.
»No hay nada mas animado ni que mas variacion ofrezca que la superficie del Neva durante el invierno, por lo cual no pasaba un dia sin que dejase de pasearme á pie ó en carruage por sus orillas. Los coches, los trenes y un gran número de barquillas ofrecen otros tantos objetos siempre en accion. Diversos grupos de la gente del pueblo, separados ó reunidos, se ocupan en divertirse á su manera. Aqui se ven anchos espacios rodeados de barreras, por dentro del cual se corren patines, mas lejos hay otro acotamiento en el cual se ejercitan tambien los caballos en andar sobre la nieve. Hácia otro sitio atrae á la multitud el espectáculo de una corrida de caballos. El terreno es de forma ovalada, de cerca dé una milla de longitud, y bastante ancho para que pueda darse la vuelta. Las montañas que se construyen con la nieve son ademas otra diversion continua para el pueblo. Sobre el rio se levanta un tablado, que podrá tener 10 metros de anchura, con una azotea o plataforma en la cumbre, á la cual se sube por medio de una escala. Sobre las planchas se ponen copos cuadrados de cerca de cuatro pulgadas de espesor; se aprientan unos contra otros, para que no queden vacíos intermedios, y luego se echan al agua, donde helándose inmediatamente no vienen á formar sino una sola y gran masa, despues de todo lo cual se tiene un plano inclinado, cubierto de nieve en toda su estension. Del punto en que toca, se traza un camino de 200 varas sobre cuatro de anchura; se aparta la nieve, se pone una hilera de pinos y abetos lo mismo que en la montaña; entonces los que tienen un trineo, suben en él, y se dejan llevar sobre el plano inclinado con tal rapidez que el trineo continúa avanzando mas de 100 varas sobre el camino trazado en la nieve que cubre el rio. Al cabo de la carrera hay otra montaña de nieve de todo punto semejante, de manera que el que concluye de bajar de una sube por la otra cuando termina la carrera, y esto se repite con tanta frecuencia como se quiere. Estas montañas forman un punto de vista agradabilísimo sobre el rio, á causa de los árboles que están adornadas, y de los objetos animados que aparecen en ella en continuo movimiento.
»El mercado que hay establecido en él sobre el Neva, merece igualmente fijar nuestra atencion. Cuando el gran ayuno, que dura hasta el 24 de diciembre, ha concluido, se dedican los rusos á hacer sus provisiones para el resto del invierno, y para este efecto hay establecido un mercado anual que dura tres dias, en el mismo rio, junto á la fortaleza. De uno y otro lado de una calle que tiene una milla de longitud se espone en venta una inmensa cantidad de provisiones, suficientes para alimentar á todos los habitantes de la capital por espacio de tres meses. Condúcense aqui millares de bueyes, ovejas, puercos, lechones, aves y otras viandas. Los animales grandes se colocan en círculos, con las piernas traseras fijas en la nieve y las de delante y la cabeza vueltas unas para otras. Como estos sobresalen mas se colocan en la útima fila. En la que sigue están los animales algo mas pequeños, y desde aqui todos los otros se van colocando proporcionadamente á su respectivo tamaño. Los intérvalos se llenan con gallinas y caza todo dispuesto en forma de festones, sobre bases de pescado, huevos y manteca. En esta ocasion, que no habia ley alguna en Rusia que molestase o impidiese la caza, la cual es abundantísima, sobre todo las perdices, los faisanes y las aves marítimas. Yo he visto aqui la prueba de lo que muchas veces se ha aventurado, y es que las aves y la mayor parte de los demas animales emblanquecen en el invierno en los paises del Norte: muchos animales de color negro se habian vuelto blancos, y algunos que fueron cogidos antes de que la metamórfosis hubiera llegado á ser completa, estaban matizados de plumas negras y blancas.»
Respecto de los comestibles, el rigor del clima es una gran ventaja en Rusia. Desde las primeras nieves, que es al fin de octubre, las mugeres entendidas en asuntos domésticos matan sus gallinas, y las guardan separándolas con pedazos de nieve colocados entre una y otra, y de este depósito las van sacando a medida que lo requieren sus necesidades. Por de pronto este medio les facilita el ahorro de dar de comer una porcion de tiempo á estos animales. Hay otra ventaja de mantener por mucho tiempo y sin riesgo las provisiones. La mejor vaca que se come en San Petersburgo llega de Arcangel, que dista 380 millas, y se conserva tan bien, que cuesta mucho trabajo distinguirla de la que está recien muerta. El método que se emplea para el deshielo de estas viandas consiste en sumergirlas en agua fria, porque si se sustituye á esto al calor, da por resultado una fermentacion violenta, y casi una putrefaccion inmediata, en lugar de que con el agua fria, la nieve parece salir despedida para fuera, formando una incrustacion trasparente alrededor del cuerpo en que ha estado infiltrada. Cuando se deshiela con agua fria una col helada hasta el fondo, se pone tan fresca como si se acabase de coger, pero si se hace la operacion con fuego ó agua caliente, adquiere un gusto tan rancio y fuerte que no se puede comer.
La estacion que sucede al invierno no es la primavera como entre nosotros, sino el verano; en cuanto al otoño es igualmente desconocido por alli. El calor

martes, agosto 21, 2007

Viage ilustrado (Pág. 44)

de la nobleza rusa, deben sorprenderse muchísimo cuando lean ó recuerden los reglamentos que Pedro I creyó conveniente publicar en su época, hace ya cer­ca de siglo y medio. Todo lo que se referia á la reunion de una asamblea estaba proscrito por esta ley singular, que comienza por definir lo que era una asamblea, cosa muy poco conocida á la sazon en Ru­sia, y para cuya esplicacion era preciso emplear muchas palabras.

Vista de la lonja de San Petersburgo

La riqueza y esplendor de la córte de Rusia sobrepujan á cuanto pudiéramos nosotros decir. Hállanse muchas cosas que participando de la incomparable magnificencia asiática tienen además el refinamiento ingenioso y culto del lujo europeo.
El clima de la Rusia es estremadamente aspero. Un médico inglés que por espacio de once años fijó su residencia en ella, observó que el frio de San Petersburgo, segun el termómetro de Fahrenheit, duran­te los meses diciembre, enero y febrero, es comunmente de 8 á 15 ó 20 grados bajo cero, es decir, de 40 á 52 grados sobre la nieve, si bien es lo gene­ral que en el curso del invierno descienda algunos grados mas por espacio de ocho á diez dias. El mismo escritor advierte que es muy difícil para un habitante de nuestros climas templados, el formarse una idea de un frio tan terrible, y refiere que cuando una persona sale en esta estacion rigurosa, el frio le hace verter lagrimas que se hielan inmediatamente, quedándose suspendidas en las megillas en forma de copitos de nieve. Como la gente del pueblo tiene la costumbre de llevar la barba larga, se ven á veces pendientes de ellas gruesos copos. No obstante esta circunstancia, la barba es en estremo socorrida para proteger las glándulas de la garganta, y los soldados que no la usan no tienen mas remedio que liarse un pañuelo; todas las partes del rostro que permanezcan descu­biertas tienen la esposicion de helarse. Se nota con bastante frecuencia que todos aquellos que son ataca­dos del helamiento lo ignoran hasta que otro les ad­vierte de ello, y en este caso el remedio es frotarse con nieve la cara. Esta frotacion y la de una flanela, son los recursos que ordinariamente se emplean; pero si se tiene la imprudencia de aproximar al fuego ó bañar en el agua la parte afectada, esta sufre una gran mortificacion, y queda inmediatamente destruida.
«Por espacio de tres dias, dice Coxe, del 9 al 11 de enero de l778, el frío fué tan intenso como jamás se habia esperimentado en San Petersburgo, pues el mercurio descendió hasta los 63 grados de congelacion (1). Este frío, sin embargo, no me obligó á que­dar en cama; salí como de ordinario, sin otra precau­cion que la de envolverme en una piel, en unas botas y un gorro á propósito, con lo cual, y un sol brillante que hacia, ni aun me parecía desagradable este tiempo. El 12 por la mañana, atravesando la ciudad ví muchas personas que habían esperimentado los efectos del frío de una manera peligrosa, notándose en sus megillas grandes marcas como si se les hubiese pasado por ellas un hierro candente.
»Las gentes del pueblo, sin embargo, continuaban en sus trabajos como de costumbre. Los cocheros ma­nejaban sus trenes por las calles sin hallarse al pare­cer afectados, llevando las barbas llenas de copos y los caballos llenos de nieve. El pueblo no aparentaba ha­-


(1) El invierno durante el cual el profesor Braun hi­zo el ensayo de helar el mercurio, fué tan rigoroso, que el termómetro de Fahrenheit señalaba 65 grados.

lunes, agosto 20, 2007

Viage ilustrado (Pág. 43)

y regularmente fortificado desde 1716 á 1718, quedó convertido para San Petersburgo en una segunda fortaleza, al par que su primer astillero de construccion. En 1727, todo el conjunto del edificio fué reconstrui­do de ladrillos, y en 1734 Ana lo adornó con una torre elevada que hizo dorar con el oro de los ducados. Bajo el reinado de Pablo, se añadieron nuevas construcciones á las antiguas, y estas fueron embelle­cidas. Pero en el de Alejandro I los antiguos baluartes, las empalizadas y los puentes levadizos desapare­cieron; se restauró la fachada del edificio, rodeándola de un baluarte de cuatro hileras de árboles, y de un malecon, que uniéndose á los del Neva, restableció la circulacion interrumpida en este punto. Actualmen­te el almirantazgo es un inmenso cuadrado de ladrillos, cuyo lado septentrional está abierto, Y deja entrar en un ancho patio un canal del Neva. Un pórtico y muchos frontones adornan la fachada principal. De la bóveda de entrada penden dos figuras colosales ó atlantes sosteniendo el globo. La torre cuadrada que corona esta bóveda está rodeada de una columnata, por encima de la cual se lanza al aire una aguja do­rada que se percibe de todos los barrios de la ciudad, y en cuya punta hay un navío. La fachada que mira al palacio de invierno está igualmente adornada de un pórtico. Bajo el techo, hay en toda la longitud del edificio, un ancho bajo relieve de estuco representan­do emblemas, trofeos marítimos y figuras mitológicas. El interior, encierra, aparte de los astilleros, un her­moso museo naval y de historia natural, y una biblio­teca de cincuenta mil volúmenes.
»La parada, que tiene lugar todos los dias en la plaza del Almirantazgo, se parece mucho á nuestras revistas, y á ella asiste ordinariamente el emperador con un brillante estado mayor. A medida que el cor­tejo imperial va pasando por delante de los soldados, estos, colocados en línea, presentan las armas, y los espectadores se descubren. «Buenos dias, hijos mios,» dice el emperador. «Damos gracias á V. M., contes­tan los soldados.» La parada dura algunas veces mu­chas horas. Un estrangero que haya asistido aqui por la mañana, que contemple la perspectiva Newski, la plaza Inglesa, y el jardin de verano, puede dormir tranquilamente, sin que su conciencia tenga nada de que acusarse, pues ha visto en son de paseo, todo lo que hay que ver en el recinto de San Petersburgo.
»La poblacion de San Petersburgo es mucho mas variada de lo que pudiera imaginarse. Divídese en primer lugar en dos clases completamente distintas, los que llevan un uniforme, y los que no lo llevan. Ademas de los militares, que son muy numerosos, hay una guarnicion de 60,000 hombres, que no pueden vestirse de paisano, como vulgar é impropiamente llamamos en España á los que usan trage civil. Todos los empleados civiles de cualquiera graduacion, los empleados de la policía, los profesores de la univer­sidad, los de las diferentes escuelas públicas y los numerosos domésticos de las familias ricas y nobles tienen uniforme.
»La policía de las calles de San Petersburgo está confiada á una clase de hombres llamados boutschniks, a causa de los boutki, ó barracas de madera en que pasan la noche y el dia. En todas las esquinas hay un boutki, que está ocupado por tres agentes de policía que tienen alli su vivienda. Usan todos un silbatito, con el cual se avisan cuando es preciso perseguir á un fugitivo. Hay unos oficiales superiores de policía que rondan perpetuamente para ver si los subalternos se hallan en sus puestos, y llenan bien sus deberes. Ademas de esto, de noche hay patrullas por las ca­lles, de manera que San Petersburgo es la ciudad mas segura y tranquila de Europa.
»No es esto decir que no hay ladrones en San Pc­tersburgo, que es muy al contrario; son numerosos; pero son los ladrones mas finos que se conocen. Nun­ca matan ni hacen daño corporal alguno á la víctima, se contentan con quitaros suavemente la bolsa, y el reloj si lo llevais. «Hay en el alma de la policía de San Petersburgo, dice Mr. Manier, una especie de conmiseracion paternal verdaderamente admirable; no parece sino que al levantarse por la mañana, y al em­pezar el ejercicio de su cargo se dice buenamente: es preciso que todo el mundo viva, envolviendo en este caritativo axioma a los rateros y ladrones, con tal de que se porten con decencia y no hagan mucho ruido.
»Los únicos habitantes de San Petersburgo, sobre los cuales la policía no tiene autoridad ninguna, son los cuervos y los palomos, que vuelan por todas par­tes sin ser inquietados, en numerosas bandadas.
«La nobleza se distingue en San Petersburgo y Moscou por su hospitalidad. Desde que llegamos a ser presentados por cualquier persona distinguida, dice Coxe, éramos ya considerados como amigos de la casa. Muchos señores tienen mesa preparada, y cuando ya sido ya uno invitado una vez lo es ya siempre. La mesa de los señores rusos es servida con gusto y profusion. Aunque hayan adoptado el refinamiento de la cocina francesa, no desprecian, al parecer, los platos de su pais, ni tampoco oponen resis­tencia á los platos fuertes que caracterizan la cocina inglesa. Las viandas comunes, como asimismo las mas buscadas, vienen igualmente de paises lejanos Yo he visto frecuentemente servir el salmonete del Volga, la vaca de Arcángel, el carnero de Astracan, el buey de Ukrania y el faisan de la Hungria o de Bohemia. Los vinos mas comunes son, el Burdeos, el Borgoña y el Champagne, y nunca he visto en In­glaterra cerveza tan buena ni con tanta abundancia como aquí. Es costumbre admitida, aun en las casas principales, el servir antes de comer algunos platos aperitivos, como arenques secos ó aderezados, lengua asada, manteca y otras cosas, con el acompañamiento obligado de distintos y escelentes licores, habiendo en este pais pocas personas de uno y otro sexo que no preludien de esta manera cualquier festin. La hora de comer es generalmente á las tres.»
Cuando se dirigen la palabra, los rusos no aña­den nunca á sus nombres ningun título de honor, y pertenezcan á la clase que se quiera, se llaman siempre por su nombre de bautismo y con otro que pro­viene de la familia. Este último se forma casi siempre por la adicion de la partícula vitch al nombre de bautismo del padre, y todavía es mas general por la de of ú ef. El primer sistema se emplea únicamente en personas de calidad, y el segundo en la gente ordinaria. Asi, 1aies, Ivanovitch ó Ivan Ivanof, quie­re decir, Ivan, hijo de Ivan; Pedro Alexiovitch ó Pedro Alexeof, Pedro, hijo de Alejandro; para las mugeres se emplea la partícula evna ú oona, como Sofía Alexéena, Sofía, hija da Alejandro.
Los estrangeros que han esperimentado por sí pro­pios toda la cultura y buen gusto que distinguen actualmente las maneras, las reuniones y las diversiones